La meditación mindfulness como concentración y ecuanimidad
- Sebastián Porrúa
- 27 mar
- 2 min de lectura
Actualizado: 5 ago
La meditación nos vuelve conscientes de cosas que no habíamos percibido. Al detenernos por unos momentos, en silencio, y prestar atención, comenzamos a ver todo lo que hay en nuestra experiencia. Pensamientos, sensaciones, sentimientos.
Para conseguir estar con nuestras emociones, pensamientos y sensaciones necesitamos desarrollar dos elementos, la concentración para no distraernos y la ecuanimidad; una actitud hacia nuestra experiencia que consiste en no reaccionar de un modo automático sino mantenernos abiertos a notar lo que está ocurriendo.
A veces se interpreta la ecuanimidad como indiferencia, pero no es eso, está más cerca de la imparcialidad. La ecuanimidad no tiene que ser neutra. Puede estar llena de amor y bondad, simplemente no hace distinciones entre un contenido y otro. No intenta retener lo que es agradable, ni se deja llevar por un rechazo automático a lo que es desagradable.
La ecuanimidad nos permite aceptar todos los contenidos como parte de nuestra experiencia, y nos da el espacio necesario para que además de aceptar nuestras experiencias podamos acogerlas con gentileza y bondad.
Si aparece un dolor le damos espacio, lo aceptamos como algo que está ocurriendo en el momento y que nos conviene más atender que rechazar. Al aceptarlo se ablanda algo, del propio dolor y de nuestra propia mente. Hay una relajación.
Si aparece confusión, duda, inquietud, hacemos espacio, lo aceptamos como parte de nuestra experiencia. Es solo otra experiencia más. Un estado de la mente. Aparece agrado, desagrado. Son solo experiencias. La meditación es un proceso de familiarización con nuestro mundo interior.
Y podemos proponernos llevar toda la capacidad de estar con nuestras experiencias que desarrollamos en la meditación, de acogerlas y atenderlas, podemos llevar esta capacidad a las situaciones de nuestro día a día. Cuando algo nos molesta en nuestro día, cuando aparece enfado o confusión, inquietud o ansiedad, culpa o agobio, deseo de que la otra persona haga o diga algo, deseo de que no haga o diga algo… podemos acoger todas nuestras experiencias con bondad, compasión y ecuanimidad.
Meditar, desarrollar concentración y ecuanimidad, no nos lleva a ser indiferentes con las situaciones de la vida, nos da el espacio para que aparezcan todas las emociones, todos los elementos, las reactividades y los movimientos automáticos, permitiéndonos comprender mejor lo que ocurre, lo que nos ocurre, y así decidir como respondemos a nuestra vida y a los demás. Nos da el espacio para poder acoger nuestra vida con cariño, para dejar de empujarnos a nosotros mismos, de exigir que los demás sean como queremos, y poder dirigir nuestra vida desde la presencia, la sabiduría, la lucha por la justicia y bondad.

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