top of page
Buscar

La vulnerabilidad

  • Foto del escritor: Sebastián Porrúa
    Sebastián Porrúa
  • 10 mar
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 27 mar

El dolor de las separaciones que vivimos, la decepción de no conseguir cosas que queremos, la insatisfacción con nuestra situación actual, la esperanza constante en algo mejor son algunas de las condiciones fundamentales que nos definen como seres humanos. Pero esta vulnerabilidad también es nuestro regalo: nos permite comprender a otros; hace posible ponernos en la piel del otro. Cuanto más aprendemos a estar con nuestro sufrimiento, más nos volveremos capaces de conectar con otras personas. (A fearless heart, Thupten Jinpa)


Es cuando aprendemos a estar en contacto con nuestra propia vulnerabilidad que nos volvemos capaces de estar con la vulnerabilidad del otro. Si no aceptamos nuestra vulnerabilidad tampoco aceptamos la del otro. Si no creemos que nuestro sufrimiento merece compasión no mostraremos compasión tampoco por el sufrimiento del otro.


Y es que no dejamos de ser sensibles por el mero hecho de creer que no deberíamos serlo. Desde pequeños se nos manda a empujar nuestras emociones de un lado al otro, se nos hace creer que es vergonzoso sentir ciertas cosas, o no deberíamos sentir otras. Esa educación sentimental no es suficientemente cuidadosa. No contempla lo que hay debajo de muchos de nuestros sentimientos. La rabia muchas veces esconde un dolor que debería ser acogido. Detrás de la procrastinación puede haber miedo o vergüenza. Pero como el impulso de agradar y encajar nos hizo dejar de estar conectados con lo que realmente sentimos perdiendo parte de nuestra autenticidad.


Conocer nuestras propias estrategias para no sentir nuestra vulnerabilidad es crucial para poder salir de los hábitos que hemos ido adquiriendo. Quizá cuando sentimos alguna emoción difícil, nos sentimos rechazados, o solos, o mucho miedo, nos lanzamos adelante, a la siguiente cosa, nos decimos que no tenemos tiempo para quedarnos sufriendo, que hay que ser fuerte, o miramos a otro lado, y nos decimos que no deberíamos quejarnos, que nos va bien. Lo más frecuente es que sintamos un momento pero rápidamente dejemos de lado la emoción difícil, dejando de lado, sin atender esa emoción difícil y el sufrimiento que conlleva sentirla.


La compasión es el camino de vuelta, sostener con suavidad el dolor de nuestros corazones rotos, de nuestras perdidas y miedos más profundos.


Cuando conseguimos sostener todos esos sentimientos que hemos dejado de lado, la inadecuación, la vergüenza, en un intento por presentar una imagen que los demás aprueben, comienza un proceso de sanación, de integración de las partes más sensibles que hemos abandonado. Partes que no solo llevan nuestro sufrimiento sino que también son las que más sienten la alegría y la felicidad de nuestras vidas.





 
 
 

Comentarios


bottom of page